EL CABALLO BLANCO DE SANTIAGO
Dejando aparte que considero que Javier Tomeo es mejor novelista que cuentista (tiene dos de las mejores novelas que ha parido la literatura modenna española: Amado Monstruo y el Castillo de la Carta Cifrada), sí que como ávido consumidor de cuentos tengo en mi lista de hits varios de su autoría. Aquí va uno de mis preferidos:
EL CABALLO BLANCO DE SANTIAGO
Hace muchos años yo también fui niño y algunos adultos perversos me preguntaban de qué color era el caballo blanco de Santiago. Lo hacían para reírse a mi costa. Antes de responderles me los quedaba mirando fijamente a los ojos, procurando descifrar el brillo de sus miradas, la leve curvatura de sus labios o incluso las arruguitas que se les iban formando en la frente mientras esperaban la respuesta.
—Blanco, tal como usted acaba de decir —contestaba casi siempre, con mi dulce vocecita de niño ingenuo que cree todavía a pies juntillas en la blancura de las palomas.
Y al oírme decir eso chasqueaban la lengua contra el paladar, decepcionados por la respuesta. Les fastidiaba comprobar que no era tan idiota como daba a entender mi enorme cabezón de niño pobre, notablemente hipertrofiado, y, sobre todo, mis largas y mortecinas miradas que durante la mayor parte del tiempo mantenía clavadas en paisajes que resultaban invisibles al resto de los mortales.
De vez en cuando, sin embargo, les contestaba que el caballo de Santiago había sido negro y entonces estallaban en carcajadas.
—¿Cómo pudo ser negro, niño estúpido, si yo mismo, al hacerte la pregunta, acabo de decirte que era blanco? —se burlaban, intercambiando entre ellos miradas maliciosas.
Éste era precisamente el momento que yo estaba esperando.
—Ustedes sabrán disculparme, señores —les decía cuando acababan de reírse, bajando unas cuantas octavas el tono de voz y envolviéndoles con una terrorífica mirada—, pero nada de lo que ustedes pronuncien podrá jamás ser blanco. Al entrar ese pensamiento en sus cerebros y, sobre todo, al llegar a sus labios para convertirse en palabra, se habrá transformado en negro.
Los hombres se quedaban de una pieza, pero una vez superada la sorpresa inicial me preguntaban por qué tenía que ser así, y yo les explicaba con mi terrible voz de sumo sacerdote que el blanco era el color de la luz, de la pureza y de los dioses benéficos, que todos ellos eran seres maléficos (por mucho que se las diesen de camioneros campechanos) y que el negro, suponiendo que fuese un color y no una abominable negación de los colores, era el color que mejor se correspondía con sus almas.
—Así que a mí no me engañan ustedes, caballeros —les decía finalmente, poniendo un énfasis especial al pronunciar la palabra caballeros—, porque yo, que puedo penetrar en sus almas como el cuchillo en la mantequilla, sé muy bien que todos ustedes son seres abominables.
En fin, al oírme decir todo eso con mi voz de bajo profundo, se les ponían los pelos de punta y escapaban corriendo en todas direcciones, convencidos de que se habían topado con el diablo, y entonces era yo quien rompía a reír a mandíbula batiente.
EL CABALLO BLANCO DE SANTIAGO
Hace muchos años yo también fui niño y algunos adultos perversos me preguntaban de qué color era el caballo blanco de Santiago. Lo hacían para reírse a mi costa. Antes de responderles me los quedaba mirando fijamente a los ojos, procurando descifrar el brillo de sus miradas, la leve curvatura de sus labios o incluso las arruguitas que se les iban formando en la frente mientras esperaban la respuesta.
—Blanco, tal como usted acaba de decir —contestaba casi siempre, con mi dulce vocecita de niño ingenuo que cree todavía a pies juntillas en la blancura de las palomas.
Y al oírme decir eso chasqueaban la lengua contra el paladar, decepcionados por la respuesta. Les fastidiaba comprobar que no era tan idiota como daba a entender mi enorme cabezón de niño pobre, notablemente hipertrofiado, y, sobre todo, mis largas y mortecinas miradas que durante la mayor parte del tiempo mantenía clavadas en paisajes que resultaban invisibles al resto de los mortales.
De vez en cuando, sin embargo, les contestaba que el caballo de Santiago había sido negro y entonces estallaban en carcajadas.
—¿Cómo pudo ser negro, niño estúpido, si yo mismo, al hacerte la pregunta, acabo de decirte que era blanco? —se burlaban, intercambiando entre ellos miradas maliciosas.
Éste era precisamente el momento que yo estaba esperando.
—Ustedes sabrán disculparme, señores —les decía cuando acababan de reírse, bajando unas cuantas octavas el tono de voz y envolviéndoles con una terrorífica mirada—, pero nada de lo que ustedes pronuncien podrá jamás ser blanco. Al entrar ese pensamiento en sus cerebros y, sobre todo, al llegar a sus labios para convertirse en palabra, se habrá transformado en negro.
Los hombres se quedaban de una pieza, pero una vez superada la sorpresa inicial me preguntaban por qué tenía que ser así, y yo les explicaba con mi terrible voz de sumo sacerdote que el blanco era el color de la luz, de la pureza y de los dioses benéficos, que todos ellos eran seres maléficos (por mucho que se las diesen de camioneros campechanos) y que el negro, suponiendo que fuese un color y no una abominable negación de los colores, era el color que mejor se correspondía con sus almas.
—Así que a mí no me engañan ustedes, caballeros —les decía finalmente, poniendo un énfasis especial al pronunciar la palabra caballeros—, porque yo, que puedo penetrar en sus almas como el cuchillo en la mantequilla, sé muy bien que todos ustedes son seres abominables.
En fin, al oírme decir todo eso con mi voz de bajo profundo, se les ponían los pelos de punta y escapaban corriendo en todas direcciones, convencidos de que se habían topado con el diablo, y entonces era yo quien rompía a reír a mandíbula batiente.
Lo malo de aquellos encuentros es que tenían que pasar cuatro o cinco horas antes de que recuperase mi voz de niño.
De Cuentos Perversos









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