lunes, noviembre 27, 2006

EL PRISMA DE LA TERNURA (I)


Prisma
(Del lat. prisma)
3. m. Opt. prisma triangular de cristal, que se usa para producir la reflexión, la refracción y la descomposición de la luz.
objetivo.
1.m. Ópt. prisma de poco ángulo y mucho diámetro, que se coloca delante del objetivo para observar muchos espectros a la vez.
Hay, realmente, muy pocos hombres que se desnudan. En el terreno de lo literario, de un bautismo de la palabra, creo que esta afirmación es todavía más cierta. Imagino o recuerdo esa presunción histórica —en su momento, honrada y auténtica— del escritor como ser convaleciente, en sí, dañado por su misma vocación y por eso terrible que hay en él. Eso que debe ser extraído y reinstalado por él mismo, día a día, de forma continua. Eso que debe ser combatiente, que debe ser poesía y no ser nada (¿para que sirve el arte?), que debe tratar, en fin, de no erigirse como “algo” (lo de que ciertos libros son “algo”, con franqueza, lo dicen ciertos abrazagallinas, continuamente, en el discurso oficial), sino simplemente ahondar un poco más en ese vacío natural del ser y del ser de los otros, en el terreno de lo real insoportable; un vacío maravilloso, emocionante, lleno de peligro a la vez. A la gente que lee buenos libros no se la trata muy bien, de siempre. Pero al escribirlos hay que dolerse tanto y tan hondamente que uno tenga dificultades para soportarlo —escribir es ponerse a uno mismo en juego—, y hay que amar la autenticidad del camino. Eso es el deseo. Eso es de lo que va este libro.

LA VIDA AUSENTE, de Ángel Zapata
(Páginas de Espuma, 2006)

Lo digo desde ya, a un tiempo, con una tristeza de situación: yo, los que lo leamos y el propio libro estamos abocados a elevar nuestra voz en el terreno de la periferia cultural, o para ser francos: el desierto, la sed atroz, la nada, se encuentran en el mismo centro de la sociedad, donde anida el discurso de lo “utilitario”, lo no sensible, lo medido; el vergel, el “arte auténtico” y su florecimiento, por su parte vive (siempre) en los márgenes. Eso ha sido así toda la vida de Dios. Pero a otro tiempo, hablo con esa alegría maltrecha de haber dado con un fogonazo, con los doblones que perseguía Long John Silver, con el agua limpia, con la fe, con un libro imprescindible y hondo de los que van a ser, sistemáticamente, escondidos. Esa alegría participa de un hecho: no es casualidad que algunos de los mejores blogs dedicados al cuento o a la literatura en general (para qué vamos a clasificar y facilitarles el trabajo a los obtusos) lo hayan reseñado y comentado. Una democratización de la visión y del sentir, la nueva daga cultural (el mundo de las bitácoras), hacen posible nuestra contestación en los márgenes a la ideología de las cifras (ese: estamos aquí, lo hemos leído, ya sabemos que vosotros lo habéis leído y vais a enterrarlo). Esos otros amigos bloggers han defendido ya, mucho mejor de lo que lo haré yo, lo que La vida ausente pone en juego. Muchas cuchillas mal vistas por cierta gente: la recuperación de las vanguardias, el manifiesto vital necesario a todo artista (desasido de la avidez mediática) antes que su “plegado”, el absurdo de lo real, un estado más allá del concepto de lo que tradicionalmente se entiende que es o tiene que ser “un libro de cuentos” (filosofía bastante aburrida, la verdad), etcétera. Por tanto, yo tengo la libertad de hablar de esa otra espada que esgrime este libro, y no es otra que la ternura. Caramba. A nadie voy a venir a engañar si digo, con todas las letras, que al cuento en España se le ha relegado a una antesala, a esa habitación con fallo en la instalación eléctrica, la más apartada de la casa, donde el propietario (los propietarios son novelistas), cuando las visitas cruzan el umbral y se limpian los pies, señala la puerta de la habitación y dice: ahí sólo tenemos trastos. Para no extenderme (aunque me temo que tendré que hacerlo) comentaré los cuentos que más me han tocado, en mi visión de la ternura, para dejaros a vosotros la posibilidad de suscribir esta humilde visión o contrastarla con otros textos que os hayan incendiado más o, llegado el caso, no estar de acuerdo en absoluto en mis apreciaciones.

LA VIDA AUSENTE comienza, como muchos buenos narradores, autorizándose: una voz cálida habla de la habitación donde empezó a vivir, a maravillarse, a desear. Esa praxis de intimidad y de desnudez es todo un primer relato autobiográfico, un bocado de largo aliento, hondo, quirúrgicamente poético (¿sigo? No me costaría), y que probablemente se haya convertido ya en un cuento al que el tiempo no va a necesitar darle la razón, porque desde su misma sinceridad ya la tiene: el surrealismo, la vida y el arte intrínsecamente vivos el uno en el otro, o este mundo donde tendría que imperar un arte de vivir, una política vital de compromiso, y no las listas de la compra. Omito hablar de su lucidez histórica (el desclasamiento de la época franquista, en su estertor final, ese poso de amargura que dejó), de su corrosión, de su autenticidad. Ya he mencionado esa desnudez y esa conexión poética con lo cotidiano, con el trauma que supone emprender este camino. Buscar en Matrix esa orquídea roja (que crece a veces en la juntura de dos edificios), la lengua morada de las ballenas, una extraña uña con forma de llave que tienen todos los buenos carpinteros en el pie (para los arcones). Éste es probablemente el relato que más guste a los “lectores realistas” (es lo que más he constatado al preguntar), pero de ningún modo resulta excluyente para los que somos más afines al absurdo o el sentido de la maravilla.

Hacía poco tiempo en realidad que habían desaparecido de las casas, de los pisos, aquellas camas mueble de posguerra con, en el frente, una cortina de hilo o de cretona estampada de flores, aquellas camas viudas donde dormían a veces las abuelas, los parientes de paso, las primas nebulosas, gordas, tristes, eternamente niñas, algo achatadas en los polos, como diosas agrarias, que un día venían a Madrid a hacerse unas pruebas, y morían en el pueblo unos meses después, anacrónicamente, supongo que de pura soltería, de sumisión, de hastío”.

DÍAS DE SOL EN METRÓPOLIS es una (divertidísima) lluvia de puñaladas a la clase media, deudor de la cultura popular y los mitos de nuestra infancia. En eso yo lo suscribo: Superman, como Flash Gordon (otro texto del libro, “El diapasón de las llanuras tártaras”, es puramente flashgordoniano, en su avance, en su tempo y en su premisa fundamental: siempre que acaba una historia empieza otro peligro al que enfrentarse); pero Superman, decía, es lo más para un crío de ocho años y para el adulto transformador, explorador y juguetón que todos tendríamos que ser. Este cuento es el manifiesto de un hombre (ese tipo con legañas y dolor de corazón que somos todos) incapaz de asirse al mundo, incapaz de ser todo; un tipo finito, débil, humano, divertidamente lúcido.

Superman era invulnerable. Yo no. Superman era invulnerable, pero aun así no podía estar en dos lugares a la vez. No podía, por ejemplo, evitar que un caniche muriera atropellado, e impedir que a un kilómetro de allí reventara la presa de una central eléctrica. O una cosa o la otra. De modo que al final el caniche moría, no había otro remedio, “al caniche que le den por culo”, decía juciosamente Superman.
Continuará...