martes, noviembre 28, 2006

EL PRISMA DE LA TERNURA (II)

"Pero esa lluvia de Madrid no ha cambiado. Ni lo que sugiere, aquí dentro, en la plaza mayor de la tristeza, que no tiene razón ni nombre, tampoco. Eso no ha cambiado; ni el color de una tarde de desesperanza, ni esa uña que se rompe y se roe en silencio, ni esa delicada angustia que no abdica porque las cosas salgan bien".

CÉSAR GONZÁLEZ RUANO´
Día de lluvia



UN DÍA VENDRÁ (sin duda, uno de mis preferidos) vehicula esa ternura (entre un padre y un hijo, los protagonistas) de la que hablo; un profundo éxtasis, transido a un tiempo de lo extraño y lo íntimo, de la humanización de lo real, de la verdadera emoción, en una palabra. La primera vez que lo leí (en las sucesivas creí constatarlo) entendí que era un texto que, como escritor, me representaba bastante bien: nuestra no-profesión, nuestra locura institucionalizada e insultada en lo mediático por hidrocefálicos de muchas ediciones, nuestra entrega a una pérdida de tiempo que no comulga con la “utilidad” del racionalismo más cartesiano y los mecanismos de la producción. Constaté esa desnudez que siento en lo que hago, y sobre todo recordé este cuento, cuando poco tiempo después salió por televisión una noticia sobre un informe de un organismo oficial, que decía algo así como que las profesiones que los “honrados” padres de familia querían para sus hijos eran (ahora no lo recuerdo tan bien, vaya): empresario, médico, funcionario y alguna otra, por considerarlas seguras. Y que esas otras profesiones temidas, huíbles (de las que por cierto les faltó decir: con la que mi hijo morirá de hambre y será un paria) eran: actor, pintor, escritor y otras del mismo campo semántico. Es este un cuento delicado, certero, con ecos de Mihura, de las “historias mínimas” de Javier Tomeo y de tantos otros.

“—Muy bien, pues entonces dígame una cosa: ¿y si en lugar de alférez de aviación fuese un vilano?
—Sigo sin entenderte.
—Es fácil. Imagine que yo, en vez de estar aquí, mirando el parpadeo del neón con ojos casi soñadores, fuera sencillamente uno de esos vilanos que vuelan por el campo en primavera; y que la gente me cogiera con el pulgar y el índice, y luego, con un soplo, me pusiera otra vez en el aire mientras pide un deseo. Si yo fuera un vilano, padre: ¿usted se sentiría orgulloso de mí?”


BELVEDERE es otra muestra de más con menos, y vive victorioso en este libro por dos razones. La primera, creo que más objetiva para cualquier buen lector de cuentos, porque transpira una vasta desolación, sugerida, además, en muy poquitas líneas. La segunda (y me siento orgulloso de apuntarla) porque transita, aunque sólo en cierto modo, por el género del microrrelato —para mi gusto tan hastiado del recurso de la paradoja y del resumen—, en este caso de forma renovadora y alejando el microcuento del patrimonio de los postulados de las antologías oficiales, creo yo más “ingeniosos” que genuinamente artísticos. Aquí resuenan las armas fuertes, las brillantes, las mismas de algunos de los mejores microrrelatistas de la actualidad: Ana María Shua, Raúl Brasca, Marco Denevi…

Una vez, en un viaje que hicimos a Rótterdam, me quedé sin florines y pagué al conductor de un autobús con mi hijo mediano”.

MIGRACIONES, efectivamente, es un texto con alas. Pura poesía en su centro, pura ternura y surrealismo, pura concisión en el lenguaje y puesta en marcha del mundo onírico. Es además la muestra, creo yo (algunos se empeñan en no entenderlo), de que en un libro de cuentos (desde ahora mismo desearía desterrar de La vida ausente una clasificación de género, pues es muy aburrido y hay que superarlo de una vez por todas) se puede tratar de ir más allá de las barreras y los tabiques que le impone el concepto a su joven tradición, simplemente atendiendo a la elegancia de albergar en unas páginas textos escogidos, mimados (sean cuentos o no), y que conviven en el mismo terreno. Por tanto, no puedo estar de acuerdo en esas opiniones (las de algún algunos cuentistas amigos y otros no tanto) que dicen que eso no es un cuento. No creo que pretenda serlo, no hace falta, el libro de cuentos como “obra” puede ser algo más y no pagarle cumplidamente la hipoteca a su género. Bastante nos clasifican ya por ahí como para que andemos cerrando puertas al trabajo de un compañero.

"Dime una cosa: ¿con qué abrochas un día a otro día? Para los esquimales -lo he leído en un libro- los días son tan frágiles como arpones de hielo. Los días, para mí, son cigüeñas de sal anidando a la orilla de un lago. Cuando eras niña, hablabas en secreto el idioma del frío. No me beses para que me calle. Respóndeme".

Llegamos aquí a “MIENTRAS DICEN ADIÓS”. A estas alturas ya resulta tonto, por la aceptación que ha tenido —en fin, por la razón lectora de la que se ha cargado él solito—, que yo diga que es uno de los mejores relatos que he leído en mucho tiempo: dos sonámbulos en el centro exacto del “desierto de lo real” (definición de Zizeck, que a su vez la tomó prestada de Lacan): una estepa. Dos hombres conjugando sus faltas, esa renuncia a ser igual que el otro, y a la vez esa celebración de la diferencia humana, y que deriva en otro estado de las relaciones entre las personas, que se eleva por encima de sus irreconciliaciones primitivas para ponerlos en la conquista de la utopía, de la vida ausente. Vicente Luis Mora ya señaló que “Mientras dicen adiós” conjuga los dos libros que conviven en La vida ausente (uno —el primer bloque— que pone delante del lector el sonambulismo social del artista o del indagador, y el otro —el segundo bloque— el lenguaje onírico de esos nómadas). Es, en mi opinión, el texto más juguetón y uno de los más divertidos, con un uso magistral del narrador anticonvencional y su revisitación, renovada para bien —su “ir más allá”— de otros cuentos que ya le proporcionaron merecidas loas a Zapata en su anterior libro (Las buenas intenciones y otros cuentos; Diputación de Córdoba, 2002). Si alguno deseáis saber por qué ese narrador dislocado, que hasta se dirige directamente al lector, no tenéis más que leer la entrevista que Miguel Ángel Muñoz le hizo a Ángel en su ya imprescindible blog sobre el cuento: el síndrome Chéjov. Yo no diré mucho más, para acabar esta reseña bíblicoenciclopédica y entusiasta de la forma más útil:

En la estepa no hay faros. No hay manadas de búfalos. No hay trozos de cositas indescifrables viviendo en las mesitas de los cajones. […] La estepa, a su manera, es minuciosa. Atrapa a un hombre y lo destruye. Atrapa a otro, y antes de destruirlo le obliga como mínimo a recitar de carrerilla todas las variedades de frutas escarchadas y las cumbres más altas del globo”.

A vosotros sólo os queda ir a la librería y (os lo ruego) indagar por vosotros mismos, sin ayuda de dependiente alguno (os encontraréis, de otro modo, con un “no lo tenemos”). En efecto, hallarlo entre esos otros mamotretos afilados, brillantes, pero al fin, llevároslo a casa. Lo leeréis y veréis si me dais la razón. Es seguro que los más tocados por el deseo y la utopía, al terminar de leerlo, saldréis a la calle. En este punto todas las cosas posibles pueden pasar, pero si seguís avanzando, a lo mejor descubriréis un coche apartado, en la entrada de un callejón. Ese coche, de vez en cuando, parece que tiembla. Es vuestra elección. Si en todo caso aceptáis arrastraros debajo del coche, descubriréis un hueco, cuadrado, parecido a un camarote de submarino, lleno de velas encendidas, como pegadas a la pared, y un clavicordio antiquísimo en el centro de la estancia. Allí habrá un hombre con barba, ojeras y nariz de clarinetista ruso. Tendrá algo entre las manos. Si lo miráis con detenimiento, descubriréis que es un corazón de vaca. Ese hombre os mirará largamente, considerará si sois dignos, y luego dirá:
—¿Sabe? Yo intuía que pasaría esto. Mi mujer me lo dijo claramente: si no he vuelto para la hora de comer y, en cambio, un visitante se presenta en nuestra casa, prepárate. Haz el equipaje. No te olvides de aprender dónde señalar Mongolia en los mapas.
Entonces el corazón de vaca mugirá.
El hombre misterioso le dirá cariñosamente: tranquilo, ahora mismo te pongo tu gorro para que no cojas frío en la aorta.
Y el coche (¿pero quién ha accionado la llave del contacto?) se pondrá en marcha, avanzará, con vosotros dentro.

Crónica en Fragmentos
Reseña relato I y II en Alas de Albatros