MILAGRO EN VIERNES (CRÓNICA DE UNA PRESENTACIÓN MILAGROSA)
Es de sabios encomendarse a lo extraordinario, y, sobre todo, recordarlo como merece. Lo extraordinario suele ocurrir en cotos cerrados: habitaciones pequeñas donde arde un fuego y dos personas, simplemente, se sientan a conversar como en los días de la primera lluvia del mundo. Lo extraordinario puede gestarse, del mismo modo, en la cima de una montaña nevada, o en sentinas de barcos en las que repentinamente crece el humo y una voz cavernosa dice en la oscuridad: “Era miércoles”. No sería muy justo que yo dijera que la presentación de La vida ausente, de Ángel Zapata, fue una de esas ceremonias protocolarias, asépticas y profundamente idiotas, a las que nos tiene acostumbrados la farándula editorial. Afortunadamente, ya desde el principio todos sabíamos que una pequeña llama azul había empezado a prender en los asistentes (en nosotros mismos, y de qué forma). Al entrar, varios miembros del colectivo La llave de los campos (al que pertenece el autor) repartían unos papelajos de colores a todo el que se parara a mirarles, y que rezaban entre otras cosas:
“Esta sociedad funciona como una llamada incesante a la restricción mental. Sus mejores elementos le son extraños. Se rebelan contra ella. Este mundo gira alrededor de sus márgenes. Su descomposición lo desborda. Todo lo que aún vive, vive contra esta sociedad”.
Pero algo inequívocamente maravilloso, con aura de tribu perdida, empezó a ocurrir poco después: la gente seguía goteando en la sala, desbordándola, hasta que finalmente se llenó hasta la bandera y varias personas tuvimos que quedarnos de pie (unos doscientos asistentes, en el recuento final). Es cierto que no importaba la espera, y que es de justicia, en primer lugar, decir que allí estaban reunidos varios de los mejores cuentistas que tiene España ahora mismo: Eloy Tizón, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Víctor García Antón, Hipólito Navarro… Y como no podía ser de otro modo, toda reunión clandestina de resistentes (entre los que me autoincluyo en un ataque de vanidad marciana, con mi modesta aportación: el entusiasmo) se debe narrativa y vitalmente a los que vinieron antes que nosotros y dejaron un poso a retomar en todos los futuros posibles, una literatura auténtica. En eso también fuimos correspondidos: en la primera fila estaba sentado uno de los mejores cuentistas que ha dado la historia del género, Medardo Fraile, grande entre los grandes por razones de sobra conocidas entre cualquiera que haya buceado mínimanente en la selva del relato corto.
Una vez sentados, comenzó la presentación. Nuestros oradores se colocaron. El editor, Juan Casamayor, fue breve y agradeció haber asistido a la gestación, desde la primera palabra hasta el último punto, de este libro, y por ende, tener la oportunidad de publicarlo. Justo entonces comenzó la hoguera. Eduardo García (un magnífico orador, tengo que decirlo) nos regaló un texto imprescindible, una suerte de evangelio apócrifo que departía sobre el momento que vivimos actualmente, cultural y literariamente hablando, en España. Un texto condenado desde su misma maravillosa vocación y sabiduría a ser perseguido por esas manadas de idiotas que han contribuido a que el sistema editorial y literario español sea un campo abonado para la idiocia, la verborrea hedionda y sin pulso, el realismo de cartón piedra y “lo dado”, esa manipulación mental, tan extendida ahora, y que anula nuestro deseo, el tesoro del hombre, y nos dice que debemos conformarnos con lo que hay (de corazón espero que pueda publicarlo en alguna revista y darle toda la difusión posible). Así, entre no pocas loas a lo que La vida ausente vehicula en su estructura profunda, y a ese humor delicioso y certero como una lanza cruzando el aire de la jungla (en la parte más visible del libro), fuimos desgranando la primera parte del acto. Poco después, Hipólito Navarro tomó la palabra e hizo honor a esa fama que iba de boca en boca mucho antes de que esta presentación tuviera lugar (“Es un suicidio hablar después de Poli”). Nos regaló una improvisación divertidísima con sus impresiones sobre el libro (“Señores, estos cuentos son la ostia, la repanocha, la monda lironda”), ciertas anécdotas muy ilustrativas sobre otra buenísima antología, Pequeñas resistencias, y un gesto final, antológico: intentar morder Guerra y Paz, y luego hacer lo propio con el libro de Ángel y fabricar un sonido al que los futuros historiadores ya darán nombre algún día. Después, no quedaba mucho más: las necesarias palabras de Ángel fueron breves pero emocionantes, y con ese espíritu del que tantos otros autores deberían aprender. Acabo esta crónica con ellas, siendo consciente de que una reunión de cuentistas y lectores de cuentos como fue aquella, tan novedosa y sísmica (en definitiva, tan maravillosa) no volverá a repetirse en mucho tiempo. Unas palabras emocionantes para acompañar a un libro tan imprescindible como hermoso.
“Lo importante no viene del pasado, ni de lo que hayan vivido estos cuentos hasta llegar hasta aquí, sino lo que ocurra a partir de ahora. Lo importante es lo que, de algún modo, este libro encienda en vosotros cuando empecéis a leerlo”.
“Esta sociedad funciona como una llamada incesante a la restricción mental. Sus mejores elementos le son extraños. Se rebelan contra ella. Este mundo gira alrededor de sus márgenes. Su descomposición lo desborda. Todo lo que aún vive, vive contra esta sociedad”.
Pero algo inequívocamente maravilloso, con aura de tribu perdida, empezó a ocurrir poco después: la gente seguía goteando en la sala, desbordándola, hasta que finalmente se llenó hasta la bandera y varias personas tuvimos que quedarnos de pie (unos doscientos asistentes, en el recuento final). Es cierto que no importaba la espera, y que es de justicia, en primer lugar, decir que allí estaban reunidos varios de los mejores cuentistas que tiene España ahora mismo: Eloy Tizón, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Víctor García Antón, Hipólito Navarro… Y como no podía ser de otro modo, toda reunión clandestina de resistentes (entre los que me autoincluyo en un ataque de vanidad marciana, con mi modesta aportación: el entusiasmo) se debe narrativa y vitalmente a los que vinieron antes que nosotros y dejaron un poso a retomar en todos los futuros posibles, una literatura auténtica. En eso también fuimos correspondidos: en la primera fila estaba sentado uno de los mejores cuentistas que ha dado la historia del género, Medardo Fraile, grande entre los grandes por razones de sobra conocidas entre cualquiera que haya buceado mínimanente en la selva del relato corto.
Una vez sentados, comenzó la presentación. Nuestros oradores se colocaron. El editor, Juan Casamayor, fue breve y agradeció haber asistido a la gestación, desde la primera palabra hasta el último punto, de este libro, y por ende, tener la oportunidad de publicarlo. Justo entonces comenzó la hoguera. Eduardo García (un magnífico orador, tengo que decirlo) nos regaló un texto imprescindible, una suerte de evangelio apócrifo que departía sobre el momento que vivimos actualmente, cultural y literariamente hablando, en España. Un texto condenado desde su misma maravillosa vocación y sabiduría a ser perseguido por esas manadas de idiotas que han contribuido a que el sistema editorial y literario español sea un campo abonado para la idiocia, la verborrea hedionda y sin pulso, el realismo de cartón piedra y “lo dado”, esa manipulación mental, tan extendida ahora, y que anula nuestro deseo, el tesoro del hombre, y nos dice que debemos conformarnos con lo que hay (de corazón espero que pueda publicarlo en alguna revista y darle toda la difusión posible). Así, entre no pocas loas a lo que La vida ausente vehicula en su estructura profunda, y a ese humor delicioso y certero como una lanza cruzando el aire de la jungla (en la parte más visible del libro), fuimos desgranando la primera parte del acto. Poco después, Hipólito Navarro tomó la palabra e hizo honor a esa fama que iba de boca en boca mucho antes de que esta presentación tuviera lugar (“Es un suicidio hablar después de Poli”). Nos regaló una improvisación divertidísima con sus impresiones sobre el libro (“Señores, estos cuentos son la ostia, la repanocha, la monda lironda”), ciertas anécdotas muy ilustrativas sobre otra buenísima antología, Pequeñas resistencias, y un gesto final, antológico: intentar morder Guerra y Paz, y luego hacer lo propio con el libro de Ángel y fabricar un sonido al que los futuros historiadores ya darán nombre algún día. Después, no quedaba mucho más: las necesarias palabras de Ángel fueron breves pero emocionantes, y con ese espíritu del que tantos otros autores deberían aprender. Acabo esta crónica con ellas, siendo consciente de que una reunión de cuentistas y lectores de cuentos como fue aquella, tan novedosa y sísmica (en definitiva, tan maravillosa) no volverá a repetirse en mucho tiempo. Unas palabras emocionantes para acompañar a un libro tan imprescindible como hermoso.
“Lo importante no viene del pasado, ni de lo que hayan vivido estos cuentos hasta llegar hasta aquí, sino lo que ocurra a partir de ahora. Lo importante es lo que, de algún modo, este libro encienda en vosotros cuando empecéis a leerlo”.





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