sábado, febrero 17, 2007

PARÁBOLA DE LOS TALENTOS

Me llena de orgullo y satisfacciónnnnnn…

(Porrompompompom… Pom… Pompom;
tambores y esas cosas)

Anunciaros que a partir de la semana que viene ya podréis adquirir esa antología en la que unos editores combatientes, arriesgados y amantes del cuento han tenido a bien incluir a servidor (cosa que por otra parte es lo menos importante de la que se va a liar con este libro) y a otros once cuentistas emergentes.
PARÁBOLA DE LOS TALENTOS
Antología de relatos para iniciar un siglo
(Gens ediciones, 2007)

Y como dice Juan Carlos Márquez (excelente cuentista, amigo y bloguero insigne) resultaría inútil deshacerse en elogios para este libro combatiente y con el corazón en armas. Pues sí: las armas del cuento como joya, arte de los márgenes (donde está la literatura de cara descubierta), víscera de un tiempo cambiante, en el que los cuentistas tratamos de guerrear con nuestras pantomimas poéticas (por supuesto, sin realismo bluff y filosofía del onanismo mediante). Los heraldos, espero, cantarán a nuestra parábola si todo va bien. Pero, por lo mismo, sabemos que es éste un tiempo tan difícil para el cuento, para habitar el olvidado nicho de una librería, para que alguien ofrezca al lector una alternativa medianamente seria al pan duro. Así que baste decir que este pequeño libro ha sido mimado hasta la extenuación, desde esa búsqueda de autores, de más de año y medio, que los editores han llevado a cabo; hasta la portada, el boca a boca, la ilusión desbordante de ver por fin una antología en la que cada cuento (y lo digo con el corazón) se pelea por demostrar lo que vale.

Y a un servidor le gustaría infinito que cualquiera de ustedes, tan sólo un instante, sintiera ese selvático deseo de tenerlo en las manos como lo tengo yo ahora, y mirar quedamente lo bonito que ha quedado, y al fin abrirlo como se abre una de esas galletas chinas, devorarle, pues sí, los huesos a estos cuentos. Sin medida. Porque como dije, hay una cosa bien cierta: lo poco que pueda valer que un mindundi como yo esté ahí (cada cual juzgará lo que le pueden aportar mis letras) es mucho (muchísimo) menos importante que la posibilidad de que un lector, un solo lector (tú que estás leyendo, quizá), toque con las puntas de los dedos este “otro ser” de la literatura; ese territorio feroz y maravilloso a un tiempo al que una panda de locos (a los que nadie ha encerrado) le ha entregado las vísceras.

El cuento.
El cuento vive en estas páginas a sus anchas; es el rey.
Os lo juro por Dios.