*
Es de noche. Aquí encuentro el placer de sentarme en la oscuridad, violeta o amarilla. Plaza de España y refocilarme en el césped y mirar los labios rojos, la fruta del habla de mi amiga Leyre y escucharla, lentamente, escucharla de un modo inédito, como quien tira un dado y espera. Porque así es como se escucha a los amigos. Ha de ser la primera vez siempre. Ha de escucharse como si fuera posible no echar a correr. Hacía tanto que no tenía este tipo de libertad…
*
¿No les gustaría experimentar esto mismo?
Temblando, con voz ronca, con una voz que no era la mía, que no se sabía de dónde había salido, le dije: -Helena…, te quiero.
Y Helena, serena, sin dejar de mirarme a los ojos, grave y hermosa, se fue dejando atraer, y cuando tuvimos los labios muy cerca, me dijo.
-Y yo a ti más.
Y yo bebí el aliento de aquellas palabras; las bebí, las respiré, no las oí.
No hablamos más. Íbamos juntos, solos, entre el silencio del crepúsculo. Íbamos solos entre el silencio del mundo. Solos entre el silencio del tiempo. Solos para siempre. Juntos y solo, andamos juntos y solos en el silencio del mundo y del mar y del mundo, andando andando. Y todo era como un gran barco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado estaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol y nuestra luz y nuestra noche y estrellas y montes y pájaros y siempre…
HELENA O EL MAR DEL VERANO Julian Ayesta
*

*
Pienso a menudo en la esquizofrenia que supone ser un mal bloguero, pues me considero incapaz de tener gracia en estos apuntes autobiográficos; y la transformación que sufro cuando tengo la pretensión de ficcionar. Pero al mismo tiempo, pienso, en mi escritura también está mi vida, mis deseos, el miedo y el desarraigo, camufladamente, como si colocara ante el lector un velo, un instrumento, un pacto. No es que me disguste, aviso. Esquizofrenia. Insistiré.
*
¿Alguien ha visto alguna vez romperse una canica?
Es de noche. Aquí encuentro el placer de sentarme en la oscuridad, violeta o amarilla. Plaza de España y refocilarme en el césped y mirar los labios rojos, la fruta del habla de mi amiga Leyre y escucharla, lentamente, escucharla de un modo inédito, como quien tira un dado y espera. Porque así es como se escucha a los amigos. Ha de ser la primera vez siempre. Ha de escucharse como si fuera posible no echar a correr. Hacía tanto que no tenía este tipo de libertad…
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¿No les gustaría experimentar esto mismo?
Temblando, con voz ronca, con una voz que no era la mía, que no se sabía de dónde había salido, le dije: -Helena…, te quiero.
Y Helena, serena, sin dejar de mirarme a los ojos, grave y hermosa, se fue dejando atraer, y cuando tuvimos los labios muy cerca, me dijo.
-Y yo a ti más.
Y yo bebí el aliento de aquellas palabras; las bebí, las respiré, no las oí.
No hablamos más. Íbamos juntos, solos, entre el silencio del crepúsculo. Íbamos solos entre el silencio del mundo. Solos entre el silencio del tiempo. Solos para siempre. Juntos y solo, andamos juntos y solos en el silencio del mundo y del mar y del mundo, andando andando. Y todo era como un gran barco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado estaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol y nuestra luz y nuestra noche y estrellas y montes y pájaros y siempre…
HELENA O EL MAR DEL VERANO Julian Ayesta
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Pienso a menudo en la esquizofrenia que supone ser un mal bloguero, pues me considero incapaz de tener gracia en estos apuntes autobiográficos; y la transformación que sufro cuando tengo la pretensión de ficcionar. Pero al mismo tiempo, pienso, en mi escritura también está mi vida, mis deseos, el miedo y el desarraigo, camufladamente, como si colocara ante el lector un velo, un instrumento, un pacto. No es que me disguste, aviso. Esquizofrenia. Insistiré.
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¿Alguien ha visto alguna vez romperse una canica?





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