sábado, abril 25, 2009

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Es de noche. Aquí encuentro el placer de sentarme en la oscuridad, violeta o amarilla. Plaza de España y refocilarme en el césped y mirar los labios rojos, la fruta del habla de mi amiga Leyre y escucharla, lentamente, escucharla de un modo inédito, como quien tira un dado y espera. Porque así es como se escucha a los amigos. Ha de ser la primera vez siempre. Ha de escucharse como si fuera posible no echar a correr. Hacía tanto que no tenía este tipo de libertad…

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¿No les gustaría experimentar esto mismo?

Temblando, con voz ronca, con una voz que no era la mía, que no se sabía de dónde había salido, le dije: -Helena…, te quie
ro.
Y Helena, serena, sin dejar de mirarme a los ojos, grave y hermosa, se fue dejando atraer, y cuando tuvimos los labios muy cerca, me dijo.
-Y yo a ti más.

Y yo bebí el aliento de aquellas palabras; las bebí, las respiré, no las oí.
No hablamos más. Íbamos juntos, solos, entre el silencio del crepúsculo. Íbamos solos entre el silencio del mundo. S
olos entre el silencio del tiempo. Solos para siempre. Juntos y solo, andamos juntos y solos en el silencio del mundo y del mar y del mundo, andando andando. Y todo era como un gran barco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado estaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol y nuestra luz y nuestra noche y estrellas y montes y pájaros y siempre…

HELENA O EL MAR DEL VERANO Julian Ayesta

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Pienso a menudo en la esquizofrenia que supone ser un mal bloguero, pues me considero incapaz de tener gracia en estos apuntes autobiográficos; y la transformación que sufro cuando tengo la pretensión de ficcionar. Pero al mismo tiempo, pienso, en mi escritura también está mi vida, mis deseos, el miedo y el desarraigo, camufladamente, como si colocara ante el lector un velo, un instrumento, un pacto. No es que me disguste, aviso. Esquizofrenia. Insistiré.

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¿Alguien ha visto alguna vez romperse una canica?