Me hubiera gustado colgar algún fragmento interesante de “Hoy empieza todo”, una película de Bertrand Tavernier que durante muchísimo tiempo, por extraña pereza, no me había animado a ver. Ay, San Youtube, para qué estás cuando te necesito.
Lo que le ocurre a uno cuando ve una película excepcional es que, me parece, los siguientes días no sólo se conforma con decir “he visto tal película y, oye, te la recomiendo”, sino que todos los pensamientos, los desánimos, las respiraciones nocturnas, los paseos por el pasillo de la casa tienden a fundirse con la experiencia estética y el poso que la puta, jodida, maldita, maravillosa película le han brindado. En fin, diríase de manera simplista que Hoy empieza todo es una película de tesis, explícitamente crítica, sobre realidad marginal, la pobreza y la violencia que sufre un colegio en un barrio deprimido del norte de Francia. Y resulta tópica la apostilla, pero acaba convirtiéndose (acento de asceta) en otra cosa. Como salen muchos niños, muchísimos, más de los que yo haya visto nunca en cualquier otra película (oid, esto a cualquier madre joven le vuelve loca de amor), me he acordado de un fragmento de “El gran Meaulnes”, otra obra maestra, ya ven, que hace no mucho me cambió la vida.
“Entró en una habitación silenciosa que era un comedor iluminado por una lámpara que colgaba. Allí también había fiesta, pero fiesta para los niños.
Unos, sentados en almohadones, hojeaban unos álbumes que tenían abiertos sobre las rodillas; otros, acurrucados en el suelo alrededor de una silla, hacían con gravedad un despliegue de “santos”; otros, junto al fuego, no decían nada, no hacían nada, pero escuchaban, a lo lejos, el rumor de la fiesta de la inmensa mansión..
Una de las puertas de este comedor estaba abierta de para en par. En la habitación del lado se oía tocar el piano. Meaulnes miró con curiosidad. Era una especie de pequeño saloncito; una mujer, o una muchacha joven, con un amplio abrigo marrón echado sobre los hombros, vuelta de espaldas, tocaba con gran dulzura aires de rondallas y de cancioncillas. En el diván de al lado, seis o siete niños y niñas, bien colocados, como en una estampa, buenos, como suelen ser los niños cuando se hace tarde, escuchaban…
Solamente, de vez en cuando, uno de ellos, apoyándose en las muñecas, se levantaba, se deslizaba al suelo y se marchaba al comedor; uno de los que había terminado de mirar estampas venía a ocupar su puesto…
Después de esa fiesta donde todo era encantador, pero febril y loco, donde él mismo había perseguido al Pierrot de aquella manera alucinada, Meaulnes se encontraba inmerso en el bienestar más plácido del mundo.
Sin hacer ruido, mientras que la joven continuaba tocando, fue a sentarse en el comedor y, abriendo uno de los grandes libros rojos esparcidos por la mesa, se puso a leer distraídamente.
Casi enseguida, uno de los pequeños que estaban por el suelo se le acercó, se agarró a su brazo y trepó hasta sus rodillas para mirar al mismo tiempo que él; otro hizo lo mismo por el otro lado. Entonces fue como un sueño de otros tiempos. Durante un buen rato se pudo imaginar que estaba en su propia casa, casado, un anochecer, y que el ser desconocido y encantador que tocaba el piano cerca de él, era su mujer”.
EL GRAN MEAULNES
Alan Fournier
Lo que le ocurre a uno cuando ve una película excepcional es que, me parece, los siguientes días no sólo se conforma con decir “he visto tal película y, oye, te la recomiendo”, sino que todos los pensamientos, los desánimos, las respiraciones nocturnas, los paseos por el pasillo de la casa tienden a fundirse con la experiencia estética y el poso que la puta, jodida, maldita, maravillosa película le han brindado. En fin, diríase de manera simplista que Hoy empieza todo es una película de tesis, explícitamente crítica, sobre realidad marginal, la pobreza y la violencia que sufre un colegio en un barrio deprimido del norte de Francia. Y resulta tópica la apostilla, pero acaba convirtiéndose (acento de asceta) en otra cosa. Como salen muchos niños, muchísimos, más de los que yo haya visto nunca en cualquier otra película (oid, esto a cualquier madre joven le vuelve loca de amor), me he acordado de un fragmento de “El gran Meaulnes”, otra obra maestra, ya ven, que hace no mucho me cambió la vida.
“Entró en una habitación silenciosa que era un comedor iluminado por una lámpara que colgaba. Allí también había fiesta, pero fiesta para los niños.
Unos, sentados en almohadones, hojeaban unos álbumes que tenían abiertos sobre las rodillas; otros, acurrucados en el suelo alrededor de una silla, hacían con gravedad un despliegue de “santos”; otros, junto al fuego, no decían nada, no hacían nada, pero escuchaban, a lo lejos, el rumor de la fiesta de la inmensa mansión..
Una de las puertas de este comedor estaba abierta de para en par. En la habitación del lado se oía tocar el piano. Meaulnes miró con curiosidad. Era una especie de pequeño saloncito; una mujer, o una muchacha joven, con un amplio abrigo marrón echado sobre los hombros, vuelta de espaldas, tocaba con gran dulzura aires de rondallas y de cancioncillas. En el diván de al lado, seis o siete niños y niñas, bien colocados, como en una estampa, buenos, como suelen ser los niños cuando se hace tarde, escuchaban…
Solamente, de vez en cuando, uno de ellos, apoyándose en las muñecas, se levantaba, se deslizaba al suelo y se marchaba al comedor; uno de los que había terminado de mirar estampas venía a ocupar su puesto…
Después de esa fiesta donde todo era encantador, pero febril y loco, donde él mismo había perseguido al Pierrot de aquella manera alucinada, Meaulnes se encontraba inmerso en el bienestar más plácido del mundo.
Sin hacer ruido, mientras que la joven continuaba tocando, fue a sentarse en el comedor y, abriendo uno de los grandes libros rojos esparcidos por la mesa, se puso a leer distraídamente.
Casi enseguida, uno de los pequeños que estaban por el suelo se le acercó, se agarró a su brazo y trepó hasta sus rodillas para mirar al mismo tiempo que él; otro hizo lo mismo por el otro lado. Entonces fue como un sueño de otros tiempos. Durante un buen rato se pudo imaginar que estaba en su propia casa, casado, un anochecer, y que el ser desconocido y encantador que tocaba el piano cerca de él, era su mujer”.
EL GRAN MEAULNES
Alan Fournier





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