Tiranosaurius Rex, un drama sexual (segunda parte)
Considerando las circunstancias, puede decirse que un rato después me he convertido en un mártir. B me ha obligado a ducharme y a ponerme el albornoz de su tío. Debe de tener alguna prima pequeña y he tenido que usar ese extraño champú para niñas. Ahora huelo como una monja. V ha vuelto al salón y yo he dicho que me iba a dormir. Al fondo, oigo el rumor siniestro de la televisión, las risas de B y V, mientras en esta habitación oscura yo doy vueltas en la cama y siento la natural tentación de abrir los cajones y cotillear la ropa interior de su tía, por entretenerme un poco. Esta claro que, de seguir así, mañana sufriré unos terribles dolores en la entrepierna. Se me pudrirá el pene. Me llevarán al circo y me meterán en una jaula para que los niños lo vean. De vez en cuando, B hace una excursión al baño y, al volver al salón, hace una parada en la habitación y me da uno de esos besos de lucha libre. Mañana mi madre me preguntará por qué he perdido cuatro o cinco kilos de peso. Me entrego a estos pensamientos durante un rato, hasta que un clic secreto en algún lugar de la casa me indica que las luces se están apagando. Todo queda a oscuras. Cruzo los dedos. Escucho pasos acercándose, un “hasta mañana, V” y B, por fin, entra en la habitación. Me tranquilizo un poco porque ya no parece que vaya a descuartizarme. Si le pongo ganas, hasta parece una chica normal. Pero estoy en un error. Un error terrible que puede condenarme. B se sienta en la cama, se quita las zapatillas con parsimonia, se tumba y un silencio de catedral invade la habitación. Me veo obligado a decir algo:
—¿Qué tal si cierras la puerta?
—¿Para qué? —contrarresta B.
Está claro que esta chica no jugó a las casitas cuando era pequeña.
—Emmm… bueno, no sé. ¿Tú qué crees? V está en el cuarto de al lado. Para que no se oiga, ¿no?
—Da lo mismo —contesta B—. Me he tomado somníferos. Dentro de cinco minutos me van a hacer efecto.
Me encuentro tumbado de costado, mirando a la pared. Eso me permite gritar en silencio por del declive de la civilización.
—Ah —es lo único que puedo musitar.
Aunque soy un caballero con mi aparato reproductor en peligro, no insisto. Sin embargo, los actos se precipitan hacia una inversión siniestra de lo que toda cita para jugar a los médicos debería ser. Inexplicablemente, B comienza a ponerse mimosa. Me besa el cuello. Muy pronto, sus caricias y detalles amorosos tienen la peculiar cualidad de ser muy pausados. Apenas habla. Temo que de un momento a otro empiece a roncar, mientras cae como un fardo hacia delante y se abre la cabeza contra la pared, o que, como aquella mujer en el relato de Stephen King, quede varada sobre mí y yo muera asfixiado. B continúa besándome, quitándose la ropa, uniéndonos. Es sexo tísico, en una palabra. Lamentable. Como hacer el amor con una lubina, un tigre frío, el cadáver de un ñu.
Al terminar, no se me ocurre nada que decir, de modo que alabo las cualidades de la decoración.
—Qué habitación tan bien distribuida —digo.
B me ha abrazado. Me pregunto si tengo retraso mental, cómo me he permitido acabar así: usando el albornoz de un hombre de cincuenta años, oliendo a madre superiora y follando con una loca peligrosa. El tiempo se ha detenido, como una sopa espesa que nos cubre y que va clareando la luz, poco a poco. Deben de haber pasado unas cuantas horas. Hago examen de conciencia y concluyo que sí, tengo retraso leve, no sé decir que no y mi vida es propensa al drama neurótico. Es momento de utilizar la última arma de la que dispongo, esa que salva a los hombres del total desastre.
—Me tengo que ir. Es que… Es que… verás, mi madre se preocupa mucho si se levanta y no estoy en la cama.
Y así, B y yo nos despedimos en la puerta, cortésmente.
Ha amanecido. Mientras el ascensor desciende a la luz del día, todavía pienso durante unos segundos en que una lengua mutante, cubierta de babas y con colmillos, romperá el techo, caerá sobre mí y esclavizará mi cuerpo... otra vez.
—Has sido un chico muy malo —dirá.
El ascensor se ha parado, y no tardo ni un segundo en empezar a correr hacia mi casa para abrazar a mi madre.