En mi estrecha calle, lo hermoso no es ver a dos críos pequeños comiéndose un helado junto a su arrugada abuela.
Lo hermoso es ver a la abuela, a la niña, al niño, muy juntos en el banco, comiendo un helado los tres al mismo tiempo.
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Cierta noticia en el telediario. Me encabrono. Pienso que una de las desgracias de este sistema radica precisamente en alguna de sus nomenclaturas, praxis económica perversa. ¿Cómo se puede denominar a algo “día de la diversión en el trabajo”—añadámosle reportajes televisivos en la que una serie de tipos y tipas aparecen en una oficina, con matasuegras y gorritos de fiesta, lanzándose una pelota de gomaespuma— y que a ningún directivo se le caiga la cara de vergüenza?
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Pura poesía en su significado. Y un maravilloso libro sobre viajes en el tiempo.
“Cuántos excelentes candidatos hubieron de quedarse en el Tiempo normal, porque su ingreso en Eternidad habría significado que sus hijos no nacieran, que otros hombres y mujeres no murieran, que no se casaran; cien circunstancias cuya ausencia habría encaminado a la Realidad en una dirección que el Gran Consejo Pantemporal no podía permitir.
¿Podía Harlan explicarle todo aquello a Noys? Era imposible. No podía decirle que las mujeres casi nunca ingresaban en Eternidad, porque por alguna razón recóndita que él no comprendía, aunque quizá algún jefe de Programación la supiera, su extracción del Tiempo normal tenía de diez a cien veces más probabilidades de deformar la realidad que el traslado de un hombre.”
EL FIN DE LA ETERNIDAD.
Isaac Asimov
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Me he acordado de cuando ella estaba llorando, sentada junto al bidé; lenta allí; y su dolor, un hipido a través de la puerta oscura (no se recuerdan demasiadas cosas de esta vida, pero sí, sí, cuando alguien sufre, el rostro). Yo entré y me senté a su lado quedamente. Su baño supuraba una luz amarilla, como la superficie de un planeta en nosotros, un lirio que se abre. Se le había corrido el maquillaje. Sólo le dije: “Estoy seguro, seguro, de que este momento es igual que una escena de una película. Ahora él dice: vamos, cuéntame un chiste”. Pues eso mismo le dije yo: adelante, cuéntame uno. Se volvió tímida, rió, me dijo que no recordaba ninguno.
Pero ya bastaba para estar más cerca uno del otro.
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Entre las mayores tragedias familiares que te pueden tocar, una es que tu hermana tardoadolescente haya empezado a escuchar reggaeton. Que me lleven los nazis, yo suplico. ¡Que me lleven!