Ni en un millón de años
martes, febrero 02, 2010
 
Cinco años de blog son muchos años. Cuando se jode el sistema de comentarios quizá es hora de cambiar. Desde ahora estaré aquí. Si es que este también se muere, al menos lo hará con un condensador de fluzo. Muerte bella, amarilla, intemporal.

BESARTE EN UN DELOREAN.
 
martes, diciembre 22, 2009
 
prueba.
 
viernes, diciembre 18, 2009
  "La soledad de los ventrílocuos", candidato a los premios notodo.
Para votar, dentro del menú principal, pulsad en "votaciones" y, en cada categoría, elegid tres candidatos. Para pasar de categoría hay que pinchar en "continuar", hasta llegar al formulario final, con el que entraréis en un sorteo de algo molón con tentáculos para que jueguen vuestros sobrinos (en caso de que la bestia se desmelene, creo que no ofrecen escopeta con que matarla).



[La chapita es obscena, lo sé]

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  Tiranosaurius Rex, un drama sexual (segunda parte)
Considerando las circunstancias, puede decirse que un rato después me he convertido en un mártir. B me ha obligado a ducharme y a ponerme el albornoz de su tío. Debe de tener alguna prima pequeña y he tenido que usar ese extraño champú para niñas. Ahora huelo como una monja. V ha vuelto al salón y yo he dicho que me iba a dormir. Al fondo, oigo el rumor siniestro de la televisión, las risas de B y V, mientras en esta habitación oscura yo doy vueltas en la cama y siento la natural tentación de abrir los cajones y cotillear la ropa interior de su tía, por entretenerme un poco. Esta claro que, de seguir así, mañana sufriré unos terribles dolores en la entrepierna. Se me pudrirá el pene. Me llevarán al circo y me meterán en una jaula para que los niños lo vean. De vez en cuando, B hace una excursión al baño y, al volver al salón, hace una parada en la habitación y me da uno de esos besos de lucha libre. Mañana mi madre me preguntará por qué he perdido cuatro o cinco kilos de peso. Me entrego a estos pensamientos durante un rato, hasta que un clic secreto en algún lugar de la casa me indica que las luces se están apagando. Todo queda a oscuras. Cruzo los dedos. Escucho pasos acercándose, un “hasta mañana, V” y B, por fin, entra en la habitación. Me tranquilizo un poco porque ya no parece que vaya a descuartizarme. Si le pongo ganas, hasta parece una chica normal. Pero estoy en un error. Un error terrible que puede condenarme. B se sienta en la cama, se quita las zapatillas con parsimonia, se tumba y un silencio de catedral invade la habitación. Me veo obligado a decir algo:
—¿Qué tal si cierras la puerta?
—¿Para qué? —contrarresta B.
Está claro que esta chica no jugó a las casitas cuando era pequeña.
—Emmm… bueno, no sé. ¿Tú qué crees? V está en el cuarto de al lado. Para que no se oiga, ¿no?
—Da lo mismo —contesta B—. Me he tomado somníferos. Dentro de cinco minutos me van a hacer efecto.
Me encuentro tumbado de costado, mirando a la pared. Eso me permite gritar en silencio por del declive de la civilización.
—Ah —es lo único que puedo musitar.
Aunque soy un caballero con mi aparato reproductor en peligro, no insisto. Sin embargo, los actos se precipitan hacia una inversión siniestra de lo que toda cita para jugar a los médicos debería ser. Inexplicablemente, B comienza a ponerse mimosa. Me besa el cuello. Muy pronto, sus caricias y detalles amorosos tienen la peculiar cualidad de ser muy pausados. Apenas habla. Temo que de un momento a otro empiece a roncar, mientras cae como un fardo hacia delante y se abre la cabeza contra la pared, o que, como aquella mujer en el relato de Stephen King, quede varada sobre mí y yo muera asfixiado. B continúa besándome, quitándose la ropa, uniéndonos. Es sexo tísico, en una palabra. Lamentable. Como hacer el amor con una lubina, un tigre frío, el cadáver de un ñu.
Al terminar, no se me ocurre nada que decir, de modo que alabo las cualidades de la decoración.
—Qué habitación tan bien distribuida —digo.
B me ha abrazado. Me pregunto si tengo retraso mental, cómo me he permitido acabar así: usando el albornoz de un hombre de cincuenta años, oliendo a madre superiora y follando con una loca peligrosa. El tiempo se ha detenido, como una sopa espesa que nos cubre y que va clareando la luz, poco a poco. Deben de haber pasado unas cuantas horas. Hago examen de conciencia y concluyo que sí, tengo retraso leve, no sé decir que no y mi vida es propensa al drama neurótico. Es momento de utilizar la última arma de la que dispongo, esa que salva a los hombres del total desastre.
—Me tengo que ir. Es que… Es que… verás, mi madre se preocupa mucho si se levanta y no estoy en la cama.
Y así, B y yo nos despedimos en la puerta, cortésmente.
Ha amanecido. Mientras el ascensor desciende a la luz del día, todavía pienso durante unos segundos en que una lengua mutante, cubierta de babas y con colmillos, romperá el techo, caerá sobre mí y esclavizará mi cuerpo... otra vez.
—Has sido un chico muy malo —dirá.
El ascensor se ha parado, y no tardo ni un segundo en empezar a correr hacia mi casa para abrazar a mi madre.
 
lunes, diciembre 14, 2009
  Tiranosaurius Rex, un drama sexual (primera parte)
Mi regalo de navidad transcurre entre costumbres nuevas, así que tenía este texto autobiográfico guardado por ahí y en un ejercicio de irresponsabilidad he decidido compartirlo con la chavalería. De seguro recibiré una cabeza ensangrentada de caballo en una caja de cartón, aunque, ¿a quién le importa si lleno la puerta de cerrojos? Vaya,Ni Woody Allen en sus aventuras más tardoadolescentes. Con ustedes...

TIRANOSAURUS REX, UN DRAMA SEXUAL
(Primera parte)

Sé que estáis esperando que relate una tragedia sentimental de bizarras proporciones, y eso es lo que voy a hacer. Creedme, no merece la pena recrearse en las horas previas al momento en que salgo del metro y compruebo la hora en mi reloj. Son las ocho de la tarde. Estamos en noviembre, aproximadamente un par de años atrás. Cuando alcanzo la calle, hace una desagradable ventisca y nadie permanece mucho tiempo junto a la boca del metro. Hay una textura funesta en el aire, como si un megáfono disparara al cielo unas palabras apocalípticas, grabadas en fuego: No vayas. Ni se te ocurra. Terminarás desnudo en un callejón, sentirás extraños picores en el ano, te habrán robado la cartera con la foto de tus sobrinos dentro.
Me arrebujo en el abrigo y me ufano en mirar el brillo metálico de la barandilla que desciende hacia las taquillas del metro. También observo las panaderías y los colmados que hay al otro lado de la acera. He quedado con B. Durante todo el día nos hemos estado mandando unos mensajes de tono claramente erótico.

Qué haces hoy.
No hago nada.
¿Quedamos?
Vale

Nuestro encuentro no se hubiera producido si no fuera porque en alguna otra ocasión, he notado que B me miraba con los ojos muy abiertos, mordisqueándose el labio, y no precisamente porque le interesen mis capacidades intelectuales. Es, lo que se dice, una chica insistente. Conozco a B por las reuniones anuales de un grupo de literatura de escasa calidad. Si alguien desea que le relate en qué consiste tal grupo, creo que iré a pellizcarme las nalgas con violencia. No deseo causar dolores de cabeza a nadie. B es fornida, moderadamente atractiva en su animalidad, lleva el pelo rojo, tiene los labios grandes y en su aspecto hay un punto de gótica. Siempre que chateamos me enseña fotos muy curiosas en las que salen crucifijos y ella mira a cámara. En esas instantáneas, tiene los ojos desorbitados, saca la lengua y hace un corte de manga, lo que me inclina a pensar que le gusta quemar cajeros en su tiempo libre. En otras fotos, enseña sus manos con diversos cortes artificiales, hechos con látex y maquillaje. A menudo me pregunto si con la paga le llega para comprar toda esa sangre artificial.
Pienso en mi dudosa vida emocional, qué es lo que esconde para mí este encuentro. Por todos es sabido que soy un caballero del siglo XXI que vive en la más pura indigencia emocional. Soy ese chico al que hubieran devorado los osos en el campamento de verano. Un seductor de casa de socorro. Delgado, barbudo, con un costillar prominente. Me muerdo las uñas. Una vez hice de vividor malvado en una obra de teatro de misterio y la convertí en una comedia para toda la familia. Como B está dentro de mis posibilidades esta tarde, y no está uno para negarse el pan, he aceptado el encuentro. Un terrible error. Ojalá me hubieran devorado aquellos osos cuando tuvieron la oportunidad.
Ya llevo un rato fijándome en la forma, textura y coloración de los chicles que hay aplastados en los escalones, cuando oigo unas risas a mi espalda, cómo alguien dice mi nombre. Por fin, B ha aparecido. No está sola. Viene con una amiga a la que llamaré V, tímida, muy delgada, con los ojos pequeños y de color negro.
—Hola, ¿llevas mucho esperando? —dice B.
—No, sólo un rato. Estás… —voy a decirle que está muy guapa, pero me lo pienso mejor. ¿Es más grande? ¿Ha hecho muchas pesas últimamente? Ahora estoy seguro de que, si me hiciera representante de B, juntos podríamos recorrer las tabernas irlandesas de todo el país y retar a los borrachos. B ganaría todos los pulsos.
—Vamos —sugiere V—. Podemos pedir unas pizzas.
Me pregunto dónde entra ella en esta ecuación. ¿Va a traernos el desayuno a la cama? ¿Quiere unirse a la fiesta? Todavía estoy a punto de huir. Sé que si alego una urgencia urinaria o una terrible enfermedad venérea podré salir de aquí sin muchos problemas. Pero rememoro aquella ocasión, en una pensión oscura y mugrienta de otra ciudad. Esa noche sufrí un ataque de pánico en compañía de una chica insoportable. Un colapso total. Estuve doce horas metido bajo unas sábanas, asustado como un conejo, sin querer salir y a punto de llamar a mi madre. Aquella chica, que era un poco rara, lo tomó como un simple juego erótico. Miro a B. Trago saliva. Debo hacerlo para tener el sistema a punto. Soy un hombre. Tengo necesidades. B y V se ponen en marcha, y yo las sigo.

Estamos en la casa de los tíos de B, que ella cuida en su ausencia. Se encuentran de viaje. Imagino que estos días B riega las plantas, hace la comida y, en sus ratos libres, se hace esas fotos tan estupendas con crucifijos y sangre que luego se apresura a mandarme al correo electrónico. Hace poco que B se ha puesto su pijama, una curiosa costumbre. Hemos cenado en silencio unas pizzas frías y yo he observado con interés la decoración, que es lo que suelo hacer cuando me es imposible mirar a los ojos de mis acompañantes sin sentirme violento y decir alguna frase inapropiada. “Tenéis un gusto exquisito para las alfombras” o “Vaya, hay mayonesa en la nevera”. Luego encendemos la televisión.
Al rato, hemos visto un montón de programas intrascendentes. Pasan varias películas inenarrables. B y V me preguntan los títulos. Les digo cuáles son e inmediatamente me siento culpable, porque lo peor es que las he visto. Entonces miro a las dos chicas, ufanas, riéndose estrepitosamente. Empiezo a ponerme muy nervioso pensando que quizás, dentro de unos minutos, B me diga que puedo dormir en la cocina e intimar con el bebedero del gato. Me pregunto también si la casa tendrá algún cuarto de las escobas donde pueda encerrarme y llamar a la policía, o alguna ventana por la que pueda saltar. Pero es un cuarto piso. Me rompería todos los huesos. Visto que B es bastante insistente, seguramente quiera tener sexo en esas condiciones, y no me podría defender.
Son las doce de la noche y, de pronto, V deja de reír, se acaricia el pelo confusamente, se levanta y habla con la mayor sinceridad de la que es capaz:
—Esto… bueno. Yo me voy a hacer una cosa… una cosa… sí, un asunto muy importante en Internet. ¿Os quedáis viendo la tele?

La televisión ha proporcionado a la humanidad momentos llenos de plenitud filosófica. Hombres solos se tocan de noche en una casa helada mientras pasan alguna porno de madrugada y agradecen que existan los tacones y los argumentos con enfermeras sin mucha ropa. Familias enteras abren los ojos desorbitadamente el momento en el que Amstrong pisa el terreno lunar, mientras un pollo se quema en el horno. Una ama de casa de Teruel compra emocionada una picadora de carne en la teletienda, para usarla más tarde con su marido. Así que B y yo no vamos a ser menos. Sin darme cuenta, nos estamos enrollando. De pronto, siento los labios grandes de B, su lengua enroscada en mi tráquea, ese cracken inteligente, una criatura de otro planeta, que esta chica encantadora tiene dentro de mi boca y que apenas me deja respirar. El amor tiene este tipo de sorpresas fascinantes. Como he dicho, B es una chica insistente. Resopla. Labio con labio, me tira del pelo y me empuja contra el sofá. Tengo el codo doblado en una posición incomodísima. Quiero aclarar que el mundo se ve de una forma maravillosa cuando te estás clavando el cabecero del sofá en la nuca y una dama de sesenta kilos quiere averiguarlo todo sobre ti. Pienso en los misioneros y su causa. Pienso en los conquistadores del hielo, clavando una bandera en la superficie congelada de un territorio inexplorado. B me agarra de la camisa y yo intento voltearla porque mi costillar prominente pronto no podrá soportarlo más y, si seguimos así, tendré que ver cómo un médico garabatea unas palabras funestas en un informe: “Costillas rotas. Causa de la fractura: sexo violento con una campeona de pulsos”. Respiro hondo en los momentos en los que B (o su lengua tiránica) me lo permite. Sigue este combate de boxeo que probablemente acabará con un cadáver, el mío. B hace tanta fuerza con la lengua que no tardo en buscar un cenicero, de forma instintiva, a fin de golpearle la cabeza y que me deje coger aire. Sé que convertiría esto en una película de Hitchcock, pero al menos conservaría la salud. No encuentro ninguno a mano. Si alguien me preguntara cómo expresaría en una metáfora precisa lo que ocurrió en aquellos momentos, yo diría que fue como si un tiranosaurio furioso intentara seducirme. Como B se da cuenta de que miro con insistencia hacia la puerta de la casa, junto al cuarto del ordenador, separa sus labios mutantes de los míos y me mira con una sonrisa lasciva:
—Te pone cachondo mi amiga, ¿eh?
Me abofetea, juguetonamente. Siento que tenemos una relación preciosa. Sus ojos son brasas rojas en la penumbra del salón. Acerca su boca a mi oreja, y susurra maquinalmente.
—He notado como la mirabas. Quieres follar con ella. Si quieres se lo puedo decir.
Alguien quiere castigarme por mis pecados en la otra vida, estoy seguro. Insulté a dios. Azoté niños. No saqué la basura a mi hora. Le digo que no a B, invento uno y mil pretextos completamente ciertos porque tiene un brillo inquietante en los ojos. He visto muchas películas de terror para saberlo.
 
martes, noviembre 17, 2009
  · Matías Candeira gana el XXXVIII Premio Ignacio Aldecoa. Emili Sánchez, el Ernestina de Champourcin
Matías Candeira, con 'Exploradores', y Xabier Altube, con 'Idazkera tangentea', han sido los ganadores en castellano y en euskera del XXXVIII Premio de Cuentos "Ignacio Aldecoa", que convoca la Diputación de Álava.
Los ganadores obtienen 6.010 euros cada uno. Se presentaron 275 trabajos en castellano y 19 en euskera.
Emili Sánchez, con 'Más allá del jardín', y Carlos Santisteban, con 'Hitzak eta ad-hitzak', han sido los vencedores en sendos idiomas del XX Premio de Poesía "Ernestina de Champourcin".
La dotación económica es de 2.100 euros en cada modalidad y se registraron 39 trabajos en castellano y 6 en euskera.
Por último, María Pilar Rodríguez con 'Cultura audiovisual. El cine europeo como espacio para la reflexión social' y Patxi Juaristi con 'Maiatzeko artoaren ardura eta bost seme-alaba dauzkana ez dago musika bila' han obtenido los XXI Premios de Ensayo "Becerro de Bengoa".
Ambos premios están dotados con 4.500 euros y se presentaron tres trabajos en castellano y uno en euskera.
Los tres premios literarios están organizados por el Departamento Foral de Euskera, Cultura y Deportes y el fallo de los respectivos jurados ha sido dado a conocer hoy por la Diputación.
Según el jurado, 'Exploradores', de Matías Candeira, es un cuento "sombrío y sin embargo luminoso, triste pero también esperanzador", un "pequeño pero magnífico tratado sobe el mal y la redención". Matías Candeira ha publicado el libro de cuentos 'La soledad de los ventrílocuos' (Tropo Editores).
'Idazkera tangentea', el cuento de Xabier Altube, es "una ficción sobre la literatura", según el jurado. Trata de un escritor imaginario que crea su obra y se imagina qué sucedería en el mundo literario vasco si se realizase lo mismo.
Del ensayo de Rodríguez, el jurado ha resaltado que "aspira a delinear las formas en las que el cine europeo proyecta realidades sociales, económicas y afectivas a través de nuevos formatos artísticos de gran fuerza expresiva y visual".
Juaristi, para el jurado, ha tenido como objetivo en su ensayo describir el cambio de costumbres que se vive en el rico occidente.
El jurado ha estado compuesto para los tres premios por Jorge González, Karmelo Caballero, Felipe Juaristi e Iñaki Aldecoa.
Los premios serán entregados en un acto a celebrar en las próximas semanas, según ha anunciado la Diputación y difunde Efe.
(17/11/09)

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lunes, noviembre 16, 2009
  Me acuerdo...
Me acuerdo de Royla Cochran. Vivía en una buhardilla y hacía unos muñecos muy alargados de cera. Estuvo casada con un poeta manco hasta que éste murió. Murió, contaba ella, de un dolor en el brazo que le faltaba. (Joe Brainard)


Qué hermoso es poder escribirle un "Me acuerdo" a alguien, e imaginar, quizás, que Brainard y Perec estarían orgullosos de uno.

Me acuerdo del instante en que tu corazón hizo click, y ya no eras la de antes, sino la de después, o simplemente, la de ahora. Que has sido. Que conmigo has sido algo distinto.

Me acuerdo de ese vestido que llevabas la otra noche, o de todos tus vestidos me acuerdo, en realidad. Siempre tan negros, todos. Siempre quedándote tan bien.

Me acuerdo de esa risa maléfica que dices que te sale muy de cuando en cuando, y que yo aún no he visto (aunque me la he imaginado muchas veces).

El resto de los me acuerdos que escribo, que se han escrito, que, por supuesto, voy a escribir cuanto antes, no se pueden relatar por aquí, sino que son contenidos, guardados, que se esconden en una habitación en penumbra. Cualquiera de esas habitaciones donde se puede estar junto al otro, cuando el mundo es justo, y todo está bien de repente.

Me acordaré de todo esto mientras pueda.
 
sábado, noviembre 07, 2009
 
Algo así como un microcuento que resulta mucho mejor que casi todo lo que se antologa. ¿No os parece?

 

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